viernes, 25 de enero de 2008

Perdido en el Silencio



Perdido en el Silencio
de calles y plazas que no tienen
nombre ni sentido

De espaldas al Mediterráneo a principios de 2008

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Este de ahora es mi clamor y mi grito, surgido de los pliegues de un rugido,
adormecido en sus aristas, perdido en un recuerdo de silencios sin principio
y es a vosotros
a quienes no conozco ni veré nunca
a quien se lo dirijo.

Es a vosotros a quien dirijo mi grito y con quien quiero dejar de compartir este estado de gracia poética para que nunca recojáis en el arca del recuerdo
que un día me tuvisteis a vuestro lado
porque nunca voy a querer
residir en rincón alguno de vuestra memoria.

Todavía no he bajado a la sima de locuras artificiales donde se esconden y ocultan
las razones de la distancia sin dimensión alguna,
inexpugnables
por la oscuridad sin rayos ni raya alguna
que les delate.

He visto dormir sucios y sin luz en su rostro y sin atisbo de la más mínima alegría
hombres jóvenes perdidos ya sin esperanza, en la humedad y el frío de la mañana,
envueltos en cartones y sucias mantas, desnudos de razón,
descalzos de ánimos por los que levantar la mirada.

He perdido el sentido del silencio y la razón de una ilusión humanista
por un puñado de monedas siempre manchadas de sangre
del porqué de una razón llena de dobleces, emblemática,
del esfuerzo por buscar un alimento
que nunca llega ni sacia.

Busqué dentro de los pliegues de un corazón en sus entrañas
revueltas y machacadas con estambres de rosa y alas de mariposa
mientras el práctico de un puerto vacío sube por la estrecha escala de la razón
sin saber por donde ni a quien dirigir y librar de escollos.


Así le encontré en medio de un proceloso, revuelto y oscuro magma de olvido
sin saber nadar ni guardar la ropa, húmedo del sudor de la angustia
perdido sin aguja alguna ni origen ni fin de una luz que le defina
hundido en el silencio que deja el rumor de los motores
de mil autobuses parados ante un semáforo rojo
que esperan la señal del comienzo
del nuevo día y su itinerario
de recorridos sin fin
de recuerdos
y alborotos formados de
voces que no se encuentran ni ven
donde buscar el suspiro de una razón que
les alimente sin fin y sin demora ante sus exigencias
dominadas por una pasión por la luz de una alegría creativa
llena de dobleces por las que hacer su incursión diaria en busca de maná
con la mala intención de conseguir dejar de lado a todos aquellos que un día le llamaron
sin alzar la voz ni dirigir al viento un grito que reflejara una esperanza
con la que vestirse.

Y así fue como vestido de poesía con el lazo de la unión de los santos
que día a día conocen el misterio de una vida sin limites sin trasiego ni desplazamientos
que les impida seguir mirando alto, perpendicular a sus propios pies
sobre los que afirman y asienten en su postura ante una mirada de quien no les reconoce como auténticos santos, santos que nunca se perdieron ninguna de las bazas de la fe y la alegría de conocer y ver en medio de un alboroto de gestos, voces y grafías perdidas
en la razón de un vivir sin silencio ni limites que no fueran los propios del hambre, perdidos por una causa que nadie comprende y que por ello les miran desde el fondo de una mirada vacía y hueca por la incomprensión, como si de locos graciosos se tratara pero siempre sin saber donde se encuentran los limites de una razón que nunca les va a llegar y que por tanto no podrá iluminar el sendero de una gloria que no atisban ni por asomo a distinguir y por ellos es por quien alzo mi voz,
por que son santos sin derecho al silencio
santos perdidos en un alboroto de sibaritas piadosos que solamente
demuestran una falsa alegría de razón inexistente porque no la conocen aunque creen que existe y que gobierna su destino como si cupiera la opción de alterarlo
dominando sus movimientos catatónicos.

Y es a ellos a los que me dirijo una y otra vez cuando creen ser felices por poder acudir
al espectáculo habitual de la razón de una fe que nunca van a entender y menos conocer su origen, perdido en una lejanía en el tiempo que ni el más anciano de cada lugar podrá nunca recordar de donde vienen
porque siempre estarán perdidos con su tarjeta, como una bula
de créditos bancarios con los que acceder a un cielo
que aunque saben que no existe, confían en que nadie se lo destruya y para eso
cada día nombran obispos y generales que les dirijan y muestren un camino del que desconfían, pues en el fondo de su corta luz saben que nunca llegaran a nada.

Y no voy a perder, de momento, el tiempo en señalarles con un dedo inquisidor
sobre cuales son sus deseos y apetencias en esta cena del destino
mientras no sean capaces de despertarse por sí mismos y apreciar la belleza
de un sonido y diferenciarlo de otro que solo sea ruido,
por eso no quiero saber nada de ellos hasta que se independicen de sus gurús y tengan entonces el atisbo de luz necesario para mirar al cielo cara a cara y poder gritarle sin miedo a perder la razón.

Y nunca les diré nada.

Y así ellos podrán, sin ayuda alguna, tropezar cuantas veces quieran
con la misma piedra y abrirse en canal con un fino estilete
gritando cada vez con más fuerza y a la vez que se sajan:
¡aquí os ofrezco mis entrañas,
devoradlas¡

Y siempre será en un sexto adonde llega el recuerdo de los recursos vestidos de montañas de papeles garabateados de razones deliberadamente ininteligibles
ni tan siquiera visibles desde la estrecha ventana de la despedida tras la marcha
en el carro de fuego que ni Elías se atrevió a avivar
sabiendo que en ello le iba la vida.


Y siempre estará perdido porque nunca va a conocer la dirección
pues en su ignorancia no sabe que calles y plazas todas tienen el mismo nombre
y la dirección de los trolebuses al paso nunca le ofrecerá luz
pues el billete que lleva es de una línea equivocada
de una red de comunicaciones que aunque cree conocer nunca
podrá comprender y por tanto hacerla suya
pues es así como se levanta cada día
perdido y muerto de hambre
seco de luz
cuando miles de guitarras eléctricas
baterías metálicas
micrófonos con miles de watios
escupen su saludo
a la miseria
de una guerra sin cuartel
a obispos y generales
de casernas electrónicas dirigidas
desde puntos remotos
por la señal de un satélite asesino
innombrable pero certero en su puntería
y del que todos sabemos su situación exacta en la galaxia
vigilante sin sensibilidad ni por tanto debilidad
que pueda hacer vacilar su decisión
una vez tomada y apuntada la ruta de su disparo
que nunca se va a perder
y cuando llegue
ya no habrá dinero en el mundo para pagar
el desaguisado de creación
destructora
mortífera
por haber desenvainado la espada flamígera
que un día un Satán de bambalinas
creó para ellos
mientras al hacerles la entrega del arma
se reía a carcajadas de terror
ante los ignorantes
ojos
de imbéciles perdidos
sin razón
ni
atisbo alguno de remordimiento
perdidos como estaban en una ilusión de gobierno
que nunca conocieron
porque
ya
estaba hecho.


Y
así
ahora
estos fueron
mis últimos versos
escritos
de espaldas al mar
Mediterráneo de ilusiones y recuerdos
de recursos de un sexto adonde una ventana
estrecha
se abrió siempre
a la despedida.

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